sábado, 3 de mayo de 2008

A MI MADRE...

...De la que aprendí el sentido de lo práctico y el valor de la discreción.
.
De artesanal procedencia, pasaste a ser labriega.
Dejando sobre la silla, enseres de costurera.
Siendo yo niña te vi, y de mayor te recuerdo:
Sobre tu nuca un roete, hecho de tu pelo negro.
Un delantal a tu talle, cogido con lazo al cuello,
hecho de una cinta blanca, que sujetaba su peto.

A veces amanecías cantando como una alondra
cuando lavabas, a mano, al respaldo de la choza.
Y, mientras ibas dejando la pila vacía de ropa
alegre se oía tu voz, envuelta en aquellas coplas.

Pero no siempre cantabas alegre como la alondra,
que a veces te vi llorar, quizás, una pena honda.
Si ayudabas a extender la greña sobre la era,
el sudor te iba bañando tu cara de tez morena.
Y, nosotros reclamando tu cuidado maternal,
mientras tú a tu faena, no le encontrabas final:
el preparar a los pavos, el afrecho con ortiga,
el biberón al borrego, el atender las gallinas,
el cerdo que se soltaba cuando amasabas la harina;
el horno que se pasaba, el hornillón que no ardía...
Esto te desesperaba, porque así tú no podías
tener el almuerzo hecho, al llegar el mediodía.

De noche, junto a la copa, con un quinqué de torcía,
cosiendo casi sin luz, la ropa interior zurcías.
Remendabas pantalones echándole rodilleras,
y a los calcetines rotos los talones y punteras.
Hábilmente conseguías, pelándote las pestañas,
dejar a nuestra medida, la ropa de gente extraña.

El ganado, el trabajo, la familia que crecía...
Aquella vida del campo, más que vivir fue agonía,
trabajando tierra ajena, que arrendada te cedían.
Tierra negra, limpia y llana; fecunda y agradecida.
Nobleza que te invitó a sentirte campesina.
A ser mujer de tarea, desenvuelta y ahorrativa.
Una orden judicial, vino a matar tu alegría,
tenías que abandonar el lugar donde vivías.
De nada sirvieron pleitos, ni ruegos, al que entendía
sólo la ley de la selva, y ésta le favorecía

Camas y sillas al carro empezasteis a cargar;
y un baúl lleno de ropa, que era todo nuestro ajuar.
Aparejos de los mulos, enseres de trabajar...
Pero lo que más pesaba, era el tener que marchar.

Con alegría infantil, sin captar la realidad,
encima de los colchones, nos pusimos a jugar.
Sobre la rueda del carro la perra triste miraba,
ella sí que comprendía lo que a sus amos pasaba.
Una última mirada…, a ver lo que se quedó;
sólo el palomo moruno que en largo vuelo escapó.

Mi padre sobre las varas, echó a los mulos andar
y mirando hacia el vacío no dejaba de
reinar.
Él vio como tú marchabas, sin volver la vista atrás,
ligera, junto a la galga, por si tenías que ayudar.

Y así fue el final de aquello, pero no nuestro final;
nosotros lejos de allí volvimos a comenzar.
Los recuerdos y añoranzas se llegaron a olvidar,
por no haber fin sin comienzo, ni comienzo sin final.

Y así, a trancas y barrancas, con alegría y penar,
hoy has cumplido setenta, y aquellos que cumplirás.
Lo sé, que ya no son veinte, y que a veces todo cuesta,
pero recuerda tus logros cuando te falten las fuerzas;
que esos recuerdos te sirvan, para gozar de la vida
y no para lamentarte por estar vieja y vencida.
Cada mañana temprano, ves al espejo y te miras
y sal afuera arreglada saludando a las vecinas.
Haz feliz y sé feliz, cada minuto del día;
no dejes que la vejez te arrebate la alegría.
Pues mira que la tristeza, es la peor compañía.
...

5 comentarios:

Conral dijo...

Querida Antonia, cuando te escuché recitar este poema, lloré, lloré de emoción, lloré porque todo lo que contabas sabía que era cierto y no porque yo lo hubiese vivido pero sí conozco a gente que le pasó lo que a vosotros, que tuvieron que coger sus cuatro trastos y tuvieron que emigrar.
Me gustaría que más gente te leyera. Voy a poner algo en mi blog invitándoles a venir al tuyo. Espero que funcione.
Eres una mujer ejemplar que debe ser conocida.
Un abrazo.
Conchi

José Teodoro Pérez Gómez dijo...

Es la expresión de una hija ejemplar a quien no le importa recordar orígenes modestos, reconociendo el tremendo esfuerzo de sus padres para sacar adelante a sus hijos.
Estas calamidades, con todas sus caras desagradables, dan unión a la familia.
Enhorabuena
Saludos cordiales

desde Lebrija para el mundo dijo...

¡Gracias! pero vuestro común calificativo, de "ejemplar", me asusta un poco; las personas ejemplares han de actuar en consecuencia y eso debe de ser agotador; prefiero ser "cel montón" para poderme permitir las incoherencias humanas.
Ciertamente Conchi, esa realidad fue bastante habitual en esta tierra nuestra, aunque ahora nos empeñemos en ignorarla.
Teodoro, soy de la opinión de que, quién reniega de su pasado y su origen, reniega de si misma/o. Y, si reniegas de tí, ¿qué te queda?
A mi padre hice otro en sus 75 años, hoy me alegro, profundamente, haberles reconocido en vida.
Un abrazo. Antonia

gazpacho con arepa dijo...

preciosa poesía, y más, sabiendo quien es...

Conral dijo...

Antonia, he escrito un nuevo relato, que he publicado en el blog de las estrellas.Se titula, Los conejos. Me gustaría que lo leyeras cuando puedas.
Un abrazo.
Conchi